Sobre una barra de caoba

Publicado en por El Jaguar Rojo

Con los codos apoyados sobre una barra de caoba, vi la luz del foco incandescente hacer bailar a miles de hadas en las gotas de condensación que cubrían el exterior de mi vaso de Cointreau.

Sentado en un banquillo alto, miré mi sombra proyectarse sobre el suelo de duela pulida como un antiguo roble sobre un arroyo seco, de piedras de colores en un bosque de silencio.

Tomé mi vaso y el frío cristal disparó señales confusas por la piel de mi mano. Bebí un trago generoso y al volver a colocar el vaso sobre la barra, los hielos del interior sonaron como campanas de cristal.

Miré por encima de la barra, más allá de la sonrisa felina del cantinero y ví un cuadro en la pared, un cuadro de un cielo estrellado, manchado de púrpuras y rosas, salpicado de estrellas de azúcar glas.

A mi izquierda hay un trovador tomando un ron y un descanso, se inclinaba sobre la barra con la displicencia de un rey anciano, con los ojos cansados debajo de espesas cejas salpicadas de nieve.

En la rocola sonaba una música informe, un zumbar de abejas dentro de una botella, una voz aburrida de sí misma, una cadencia culposa que casi invitaba a bailar.

Una mesa detrás de mí mostraba a una señora con el cabello como una cascada de caramelo sonreírle al muchacho diez años menor que se sentaba frente a ella. Mientras brindaban con tragos de colores complementarios, entrelazaron las manos debajo de la mesa y se miraron con los ojos de cristal de los animales disecados.

Por la calle pasó un camión como si al chofer su vida se le fuera en llegar a tiempo a su destino, sus luces despertaron una sinfonía de fantasmas breves en el vitral de la entrada.

Y al exorcizarse esos fantasmas, te vi. Sentada en una mesa en un rincón a medio iluminar, frente a ti había un vaso con lo que reconocí como coñac. Frente a ese, un segundo vaso que no presagiaba nada bueno.

Llevabas un vestido negro y te fundías con las sombras de la pared, tus ojos tenían más luces que las estrellas del cuadro del bar. Con un gesto impaciente tamborileabas con los dedos sobre la mesa, y me mente le puso el ritmo de una de Chopin.

Tomé mi vaso, con el frío volviendo a recorrer mis dedos, me levanté de mi banco, sintiéndome como un animal que termina de hibernar y me dirigí a donde estabas. Cuando estaba por llegar, notaste mi presencia. Ninguno de los dos volteó a ver el segundo vaso sobre tu mesa.

Publicidad

Etiquetado en Poesía, Bohemia, Melancolía

Para estar informado de los últimos artículos, suscríbase:
Comentar este post