La Cacería del Bismarck. Segunda Parte: Una lucha de gigantes
Alrededor de las 5:00 de la mañana del 24 de mayo, a bordo del Bismarck, Lindemann tomaba una taza de café sin azúcar en el comedor de oficiales. En la mesa, Schneider y el artillero de la batería trasera, Teniente von Müllenheim-Rechberg lo acompañaban. Entre Schneider y Müllenheim charlaban de la fiesta de cumpleaños de la mujer del primero. Lindemann oía sin escuchar, un frío que no era del ambiente se le estaba colando en los huesos. Un zumbido en el aire acallaba la conversación de sus subordinados. Sin saberlo, Lindemann empezaba a sentir la muerte que lo venía rodeando desde que zarpó de Alemania.
La calma de la madrugada fue rota cuando la señal del vigía fue transmitida a Lindemann.
— Capitán, radar reporta ruido de dos navíos de turbina acercándose a gran velocidad con rumbo relativo de 280°.
— ¡Todos a sus puestos! —rugió Lindemann.
La Marina Real los había alcanzado.
***
Holland en su puesto de mando trataba de mantener la compostura mientras el cielo despejado frente a él le regalaba una vista hermosa, de un cielo azul profundo rematado de estrellas. Pero Holland no lo veía, su atención estaba en el horizonte, buscando afanosamente lo que aún no podía ver pero sabía estaba allí. Siguiendo las señales del Suffolk y el Norfolk, el Hood y el Prince of Wales se dirigían a la posición del Bismarck.
A las 5:45, los vigías del Hood dieron la noticia: habían avistado al Bismarck.
***
En el puesto de mando del Bismarck, Lindemann se frotaba las manos impaciente. El almirante Lütjens llegó a su lado.
— Dos navíos capitales, capitán Lindemann.
— Correcto, señor. Traen una escolta de destructores, pero las olas son muy altas. Tendrán que dejarlos.
Ambos hombres miran al horizonte en silencio por unos segundos. Lütjens rompe el silencio con una pregunta.
— ¿El Hood?
Lindemann asiente. — El otro no sabemos aún cual es, sospechamos que es el George V o el Renown.
En la mente de Lütjens hay preguntas. El Hood es el navío más famoso del mundo, el orgullo de la Marina Real, con una tripulación veterana.
Lindemann está más calmado, su rostro empieza a dejar transparentar la emoción. Como un tiburón con sangre en el mar, Lindemann ha olido la muerte en el aire, y la orilla de sus labios se curvan al pensar que no es la suya.
— ¿Estaciones de batalla, señor? — pregunta Lindemann.
— Afirmativo, capitán.
***
— Todos a sus puestos — indica Holland por los altavoces del Hood. Leach en el Prince of Wales repite la orden. Se frota las manos, nervioso; ambos avanzan de frente, lo que quiere decir que solo sus torretas delanteras podrán abrir fuego.
Los alemanes, en cambio, están completando su giro y los esperan de costado, con todas sus torretas listas.
— Contraalmirante Wake-Walker, ¿me escucha? — dice Holland por el radio.
— Aquí Norfolk, almirante. Espero órdenes llega la respuesta a través de las ondas de radio.
— Esperemos que no tengan que intervenir, Prince of Wales y nosotros enfrentaremos a Fritz. Manténgase en posición para apoyar si los llamamos.
— Enterado, espero indicaciones.
El Almirante Holland ordena le comuniquen con el Prince of Wales.
— Capitán Leach.
— Escucho, señor.
— Vamos a comenzar a llover fuego sobre los alemanes, repartámonos los blancos para tenerlos a los dos ocupados. Nosotros vamos sobre Bismarck, usted ataque al Prinz Eugen.
— Enterado, Almirante.
Holland terminó la comunicación y miró al horizonte. Podía distinguir las oscuras siluetas de los navíos alemanes en el horizonte. Dieron las 5:52 de la mañana.
— Enemigo a veintiocho kilómetros, señor.
— ¡Fuego las torretas frontales!
***
Lindemann vio en el horizonte las oscuras siluetas de los barcos ingleses. Sacó su reloj del bolsillo y esperó. Al ver los destellos de los disparos arrancó el cronómetro,
— Nos disparan, señor. Permiso para responder — Schneider, el artillero, se dirigía al Almirante Lütjens. Este mantenía la vista fija en las oscuras siluetas.
Pasó un minuto.
— Señor, necesitamos responder — presionó Schneider. Al minuto y medio en el cronómetro de Lindemann las descargas de los británicos cayeron en el agua sin dañar al Bismarck.
— ¿Señor?
Lindemann puso el dorso de su mano en el hombro de Lütjens. — No voy a permitir que revienten este barco mientras nos quedamos sin hacer nada.
Schneider miró a Lindemann quien le respondió.
— Abran fuego, y díganle al Prinz Eugen que responda también —. Schneider miró de soslayo a Lütjens que solo asintió a la orden de Lindemann.
— Schneider — rugió Lindemann — vamos a concentrarnos en un solo barco.
***
— Estamos fuera de rango, señor —. El artillero del Prince of Wales informó al capitán Leach.
— Mantengan el rumbo a trece a nudos — dijo Leach.
Entonces el horizonte se llenó de destellos. El Bismarck y el Prinz Eugen dispararon en respuesta. Leach activó su cronómetro y angustiado esperó: treinta segundos, un minuto, un minuto y medio. Enormes columnas de agua se alzaron cuando ningún disparo alemán encontró blanco, pero todas se alzaron alrededor del Hood.
— Están concentrando su fuego en el Hood, señor.
— Esos malditos…
Mientras aceleraban contra las olas, el operador de radio transmitió una instrucción.
— Capitán Leach, orden del Hood, giro de 20° para ponernos al parejo del enemigo.
— Adelante, — dijo Leach, — 20° a babor.
***
Desde el puente del Hood, Holland vio al Prinz Eugen disparar desde una torreta de popa. Contando el tiempo, llegó a pasar el minuto cuando sintió su barco cimbrado. Un resplandor intenso de un incendio en la proa del Hood lo cegó momentáneamente.
— Fuego en el compartimiento de municiones B, — dijo un oficial.
No habían acabado de sacudirse del impacto cuando columnas de enormes rodearon al Hood por ambos lados.
Holland no necesitó expresar lo que eso significaba.
***
— Tengo el rango del Hood, señor —. Dijo Schneider, sin perder de vista el objetivo.
Lindemann miraba al navío inglés como un lobo hambriento a su presa.
— Quiero una ronda con todas las torretas sobre el Hood. Las armas secundarias sobre el otro barco, vamos a darles motivos para estar atentos.
***
Desde el puente del Prince of Wales, Leach vio al Hood rodeado por las enormes columnas de agua. Entonces notó que en cuanto el Bismarck recargara, podría atacar al Hood con todas sus torretas. Vio los destellos de las armas menores del Bismarck, y un corto periodo después, las columnas de agua se alzaron alrededor de su nave, menores que las que rodeaban al Hood, pero estaban ahí.
Leach se dio cuenta que había confundido sus objetivos. Prince of Wales debía atacar al Bismarck, y Hood al Prinz Eugen. Con esto se pretendía que la mayor armadura del Prince of Wales resistiera mejor los disparos del Bismarck, y que los cañones ligeramente menores del Hood pudieran dañar y detener al Prinz Eugen. Sin embargo, en su carrera los habían confundido; y lo peor, los alemanes habían encontrado su rango primero.
— Capitán — exclama un operador de radio —, llegan órdenes del Hood. El Almirante Holland ordena un segundo giro de 20° a babor para ponernos paralelos a los alemanes.
— ¡20° a babor, preparen torretas traseras!
***
A bordo del Prinz Eugen, el capitán Brinkman recibe una orden de Lütjens.
— Atención, cambien de objetivo, apunten al barco de guerra.
Voltea hacia un suboficial y sonriendo le dice —. El Bismarck tiene al Hood en rango, hay que empezar a dañar al otro barco.
— Señor, los británicos giran de nuevo.
Brinkman asiente, los británicos tratan de emparejarse con ellos para poder usar todas sus torretas.
— Que disparen las torretas traseras — ordena Brinkman —, vamos a agitarlos antes de que terminen su cambio de curso.
***
El Prince of Wales se sacude después de recibir dos impactos del Prinz Eugen.
— Reporte de daños — ordena Leach.
— Ambos disparos dieron en el cinturón blindado, el segundo inició un incendio en la cubierta. Ya lo están atendiendo.
Leach asiente, aliviado, el daño ha sido menor — ¿Tenemos el rango del crucero?
— No todavía, capitán — responde del artillero de proa.
— Ehhh, ¿capitán? — advierte tímidamente otro oficial de comunicaciones.
— ¿Sí? Dígame.
— El artillero de popa dice que tiene el rango del Bismarck.
***
A bordo del Hood, Holland ve destellar los ocho cañones del quince pulgadas del Bismarck. Una enorme columna de agua se alza frente al puente. Sin tiempo para suspirar aliviados, una violenta sacudida recorre todo el navío.
Antes de que puedan recuperarse, una enorme columna de fuego de un rosa brillante se alza detrás del mástil principal. Un instante después, una segunda sacudida, que lanza a los marinos de sus asientos, el sonido del metal desgarrándose se escucha como el grito de un gigante herido.
Holland sabe lo que ha pasado: uno de los disparos del Bismarck acertó en la delgada armadura de cubierta del Hood y ha reventado un depósito de propulsor de cordita, de ahí la flama rosa.
— Reporte de daños — el grito de Holland se ahoga entre el clamor de la explosión y los gritos de los marinos del cuarto de mando.
— ¡Reporte de daños!
— Oh, por Dios —. Recibe por toda respuesta de un oficial que se asoma a la ventana.
***
Leach pierde de vista al Prinz Eugen brevemente. Distraído por el destello rosa que sale del Hood.
— Por Dios, el propulsor… — dice un oficial a su lado.
Al principio, solo notan que el Hood se mueve de forma rara. Pronto notan que la parte de la popa está detenida, pero la proa sigue la inercia del movimiento. El disparo del Bismarck hizo estallar el depósito del propulsor y la explosión resultante seccionó la nave a la mitad.
Las sirenas de emergencia comienzan a sonar desde el Hood.
***
A bordo del Hood, los marineros hacen fila frente a las escotillas, el recorrido hacia las mismas lo dificulta el hecho de que el ángulo del pasillo se vuelve más pronunciado cada segundo que pasa. El agua está llenando velozmente ambas mitades del Hood, elevando las puntas de ambos segmentos del navío.
Un marinero mira el puesto de mando antes de saltar, el Almirante Holland está sentado en la silla de capitán, va a hundirse con su barco.
El marino salta y junto con sus compañeros comienza a nadar, tiene que aprovechar cada segundo para ganar distancia, cuando el Hood se hunda, la succión va a jalar al fondo lo que esté a su alrededor.
***
— ¡Se hunde! — grita jubiloso Schneider.
El cuarto de control del Bismarck estalla en hurras. Lütjens se quita la gorra marinera y se limpia el sudor de la frente. Lindemann se revuelve incómodo de pie en el puente. En medio del júbilo sigue sintiendo el olor a muerte, no se ha ido con el hundimiento del Hood.
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El capitán Leach ve hundirse el orgullo de la Marina Real, ve la torreta de proa disparar una última y desafiante descarga. Finalmente, el Hood se pierde en el Atlántico.
Un destello de un recuerdo, Leach se ve a sí mismo cuando era un joven marinero, recorriendo la cubierta del Hood en un paseo de placer. Sacude la cabeza — muchos de sus marinos más jóvenes probablemente tuvieron su primer prueba de la vida de marinero recorriendo esa cubierta en paseos similares en su niñez.
Sale brevemente de su estupor para vociferar una orden.
— ¡Abran fuego sobre el Bismarck!
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El Bismarck es sacudido por un impacto.
— ¿Cuáles son los daños? — pregunta Lütjens.
— El barco de guerra inglés nos dio en el casco, el cuarto de máquinas reporta que está entrando el agua de mar.
— Bajen la velocidad, vamos a ponernos al parejo con ellos — ordena Lindemann.
— Tenemos un segundo impacto, señor. Nos dio en el casco y se reporta que un turbogenerador está inundándose.
— Schneider, regréseles el favor a nuestros amigos ingleses.
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Leach recibe la noticia de que un tercer disparo del Prince of Wales dio en el blanco, aunque parece solo haber afectado un bote salvavidas y la infraestructura de despegue de aeronaves.
— Señor, reportan mal funcionamiento de una de las torretas, perdimos tres cañones.
— ¿Nos dieron?
— Negativo, falla mecánica.
La nave se sacude al recibir sobre el casco una ronda de disparos del Prinz Eugen.
Leach se aferra a una baranda del puente para mantenerse en pie.
— ¿Tenemos al Bismarck todavía en rango?
— Sí, señor.
— Transmita la orden de fuego, necesitamos aprovechar el daño que ya infligimos.
Un estruendo, un tremor, dolor y oscuridad.
Leach siente un zumbido que reverbera en su cráneo, se levanta trabajosamente con dolor en todo su cuerpo. Respirando trabajosamente, voltea hacia el costado de la estación de mando: un enorme boquete dejado por una descarga del Bismarck.
Todavía sin volver en sí del todo. Mira hacia el lado opuesto y ve el agujero de salida de la munición. Ha pasado de largo por el puesto de mando sin explotar, pero al mirar a su alrededor ve la sala de control llena de cuerpos inertes.
Casi arrastrándose llega a la estación de comunicación y toma el radio interno.
— Retirada, retirada…
Son las 6:13 de la mañana en el Estrecho de Dinamarca cuando el Prince of Wales se retira herido. El legendario Hood fue hundido en solo ocho minutos de combate.
***
Lindemann ve que las torretas del barco de guerra británico han quedado quietas, y empieza a maniobrar. Se retira, piensa.
— Hay terminar con esto, capitán.
Lindemann voltea y ve al artillero Schneider mirándolo fijamente.
— Sí, marino, prepárense para…
— No.
La réplica del Almirante Lütjen es calmada. Lindemann y Schneider no lo desafían, pero lo miran interrogantes.
— Hemos sufrido daños y tenemos una misión. Debemos evaluar los daños y ver si necesitamos tocar puerto para reparaciones antes de continuar con los objetivos de la operación. Avisen al Prinz Eugen, necesitamos que se ponga en la retaguardia y nos informe de la ubicación de más naves inglesas, incluyendo los dos cruceros que nos han venido siguiendo.
Lindemann retransmite mecánicamente la orden. Mira por la ventana del puente de mando y ve al navío inglés completar su maniobra y activar una cortina de humo.
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Prince of Wales se reunió con Norfolk y Suffolk. Leach recibe la noticia de que el destructor HMS Elektra se encuentra en camino para rescatar a la tripulación del Hood. Leach asiente, da la orden a los cruceros de seguir al Bismarck y Prinz Eugen. El Prince of Wales los acompañará mientras los técnicos reparan las torretas. Los alemanes los han vencido, pero la esperanza no está perdida: si logran mantener informando a la Flota Nacional de la posición de los alemanes, otras naves pueden terminar el trabajo.
Si el Bismarck y Prinz Eugen se escapan, el riesgo de perder la guerra es demasiado real.
Los cruceros fijan a las naves alemanas en sus radares y los siguen a doce nudos de velocidad.
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Dos horas después, Elektra llegó al sitio del hundimiento del Hood listo para el rescate: tenían enfermeras, camastros, mantas y bebidas calientes. En total rescataron a tres marineros. Tres. De una tripulación de mil cuatrocientos dieciocho hombres.
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A borde del Prince of Wales, Leach recibe tratamiento por sus heridas. Le llegan noticias de que los técnicos han logrado acondicionar en estado operativo nueve de los diez cañones del navío y los cruceros siguen a los alemanes por radar. Leach no se ha dado por vencido.
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Alrededor de las diez de la mañana, sonó el teléfono en el despacho del Almirante Tovey. Era el primer ministro Winston Churchill con una orden. La orden se retransmitió a todo elemento de la Marina Real operando en el Atlántico. El portaviones HMS Ark Royal recibió la orden y partió de Gibraltar. El buque de guerra HMS Rodney, que se dirigía a Boston para reconfiguraciones, recibió la orden y dio media vuelta a sus cañones de dieciséis pulgadas y enfiló de vuelta hacia el Atlántico. El Almirante Tovey a bordo de su buque insignia, HMS George V, pone el navío a toda máquina. Los buques de guerra Revenge y Ramillies salieron de Halifax y abandonaron su misión de escolta, respectivamente, y se unieron al George V. Prince of Wales, Norfolk y Suffolk mantenían la búsqueda.
En total, seis buques de guerra, dos portaviones, trece cruceros y veintiún destructores se unieron a la cacería, impulsados por la orden de Churchill. El primer ministro había sido directo, conciso y enfático, emitió su orden en tres simples palabras, tres palabras que hacían eco en las mentes y corazones de todos los marineros que estaban detrás del enorme buque de guerra alemán, tres palabras que saturaban las ondas de radio de las transmisiones de la Marina Real: Hundan al Bismarck.