La Cacería del Bismarck. Parte 1: Un monstruo en la niebla.
Había frío en el aire y muerte en el horizonte. El Capitán Ernst Lindemann, solo en el puesto de mando del Bismarck inhaló pesadamente, dejando que la brisa salina del mar le llenara los pulmones. Miró solemne al horizonte, podía sentir el frío del aire, ¿pero podía notar la muerte?
Alrededor de la una de la tarde del 20 de mayo de 1941, el crucero sueco Gotland, envió a su cuartel general el siguiente reporte:
“Dos enormes barcos de guerra, tres destructores, cinco navíos escoltas y de diez a doce aeronaves pasaron Marstrand, curso 205°/20’”.
Ese mismo día por la noche, el Capitán Henry Denham, encargado del despacho de la Marina Real británica en la Suecia neutral, se sentaba a cenar en un restaurante, recién había comenzado a cenar cuando el mesero se aproximó con el teléfono en la bandeja. Denham pegó el auricular a su oreja, pasados unos segundos, entregó el teléfono al mesero, dejó su cena en el plato, salió del restaurante y tomó un auto para su oficina. Había recibido el mensaje del Gotland, tenía que notificar a la flota que el Bismarck estaba en ruta del Atlántico
***
Lindemann miraba la densa niebla que cubría a su navío, bajo sus pies la confiable solidez de cincuenta mil trescientos toneladas de acero. Las torretas con sus cañones de quince pulgadas de circunferencia eran una amenaza silenciosa. La banda blindada vibraba en el aire frío con una nota fúnebre.
Unos metros detrás, el crucero pesado Prinz Eugen acompañaba a la nave de Lindemann, aunque este al igual que los tres destructores y las naves escolta menores estaban cubiertas por la niebla.
En el cielo el zumbido de los cazas Bf109 de la Luftwaffe les recordaban la breve escolta aérea que los seguía. Para Lindemann eran todos fantasmas, eventualmente los dejarían; una vez alcanzando el estrecho de Dinamarca, solo Bismarck y Prinz Eugen continuarían la misión. Una misión muy útil, muy importante y muy innoble.
***
Llega una comunicación por radio, la flotilla británica anclada en Scapa Flow permanece en su posición. No han sido informados de su presencia en aguas de Noruega. Lindemann no sonríe, ordena acelerar al cubierto de la niebla.
***
En la base naval británica de Scapa Flow, en la noche del 20 de mayo, el Almirante John Tovey, líder de la Flota Nacional, recibe la noticia de Denham a bordo de su nave insignia HMS George V, una noticia que cae en el ánimo colectivo de la Marina Real como una cubeta de agua helada sobre la piel desnuda.
Francia ha caído, Polonia y Checoslovaquia están ocupadas, España es neutral pero apoya a Alemania; Grecia, Noruega, Holanda y Dinamarca han sido puestas bajo el control Nazi; Rumania, Italia, Austria y la Unión Soviética son sus aliados. Solo Inglaterra queda en Europa para hacerles frente. Y en gran medida son capaces de hacerlo solo gracias a las municiones, alimento y petróleo que les llegan en convoyes desde Estados Unidos.
Los submarinos de Alemania suponen ya un peligro para estos envíos, y barcos de guerra atacando y acosando estos envíos han significado oscuros momentos para Inglaterra, y esos barcos eran apenas de una cuarta parte del tamaño del Bismarck. Si esta bestia de acero no es detenida, no es exagerado decir que en unos meses Inglaterra puede verse rendida por hambre, falta de municiones o de combustible.
Tovey traga saliva. Sabe que los barcos alemanes deben pasar por el estrecho de Dinamarca para salir al Atlántico, desde Scapa Flow, en el Norte de Escocia; su Flota Nacional vigila las aguas que comprenden el espacio entre Groenlandia y Noruega. Es su deber interceptarlos antes de que crucen el estrecho o de lo contrario no podrá librar combate con ellos sin vérselas con aguas infestadas de submarinos, o dentro del rango de bombarderos de la Luftwaffe.
Tovey se comunica con la Real Fuerza Aérea, les pide patrullar las aguas de Noruega y Dinamarca y encontrar los navíos alemanes.
***
La mañana del 21 de mayo, Helmuth Brinkmann, capitán del Prinz Eugen se comunicó con el Almirante Gunther Lütjens, quien dirigía la flotilla alemana desde el Bismarck. Se han interceptado comunicaciones de la Real Fuerza Aérea ordenando a escuadrones de aeronaves buscar a los navíos alemanes en los fiordos de Noruega.
Lindemann escucha la noticia inmutable. Mira hacia el cielo, apenas se escuchan los motores de los Bf109. Encima de ellos el cielo es de un gris profundo, la niebla del mar los arropa: no hay forma de que los encuentren los ingleses.
***
En los mares de Noruega, Michael Suckling, oficial de la Real Fuerza Aérea sobrevuela una zona de densa niebla. Sus compañeros de escuadrón le dan el aviso: doce naves enemigas al oriente. Suckling sobrevuela por encima de los 8000 m en su Spitfire y en un claro entre nubes divisa a la flotilla. Es el barco de guerra más grande que ha visto, seguido de un crucero pesado, varios destructores y un grupo de barreminas. Suckling logra tomar fotografías de la flotilla, anota su posición y rumbo y el escuadrón regresa a la base
***
En Scapa Flow, Tovey recibe las noticias del escuadrón de Suckling. Un analista naval de fotografía confirma el peor temor de Tovey: Uno de los navíos es el Bismarck, sin duda alguna. Inglaterra conoce ya al Bismarck, si bien este ha estado operando en el Báltico mayormente, espías británicos y después la prensa han seguido la construcción y pruebas de este gigante de las aguas desde hace tiempo. Desconocen su tripulación exacta o con que nuevas tecnologías cuenta, pero saben que sus cañones de quince pulgadas son suficientes para hundir lo que sea que la Marina Real decida arrojarle, y su grueso blindaje de hasta trescientos cincuenta milímetros de acero en la torretas son demasiado para muchos de los navíos británicos.
Tovey se comunica con el Vicealmirante Lancelot Holland y el Capitán John Leach. En sus respectivos navíos, HMS Hood y el HMS Prince of Wales, Holland y Leach viajarán al sur de Islandia, desde allí pueden interceptar a los Alemanes si estos toman la ruta del Norte al salir del estrecho. Tovey se queda en Scapa Flow, en caso de que los alemanes viren al sur después de Dinamarca.
Para ayudar en su misión, Tovey solicita el apoyo de bombarderos de reconocimiento. En total dieciocho aeronaves patrullarán el estrecho de Dinamarca, comunicándose inmediatamente con el Hood para notificar la posición de los alemanes. Los cruceros que patrullan el estrecho y no tienen la capacidad de fuego para enfrentar al Bismarck reciben órdenes de seguir al navío en cuanto lo avisten y comunicar su posición por radio para que Holland pueda interceptarlos.
***
Lindemann otea el neblinoso paisaje mientras el Bismarck viaja en silencio a cincuenta kilómetros por hora. Le han notificado que la Real Fuerza Aérea bombardeo una posición conocida del barco, pero hace horas que pasaron por ahí. Las nubes densas y la niebla sirven como el perfecto escudo.
Brinkmann y Lütgen sonríen para sí mismos, la flotilla se escapó de los fiordos gracias a la niebla y llevan muy buen ritmo rumbo al estrecho de Dinamarca.
Lindemann no sonríe. Se ajusta el último botón de su abrigo y dicta el curso a su navegante.
***
Tovey ha estado viviendo sin despegarse del teléfono las últimas veinticuatro horas. Recibe la llamada del bombardeo fallido. Un piloto valiente se aventura a baja altura y reporta el mar en absoluta soledad. Han perdido al Bismarck, que bien puede haber recorrido ochocientos kilómetros en las últimas horas sin contacto.
Tovey despliega al resto de su Flota Nacional rumbo de Islandia, esperando cerrar cualquier fuga en su red. No puede permitirle al Bismarck escaparse de nuevo.
***
A las 19:00 horas del 23 de mayo en el estrecho de Dinamarca, los cruceros hermanos de la Marina Real HMS Suffolk y HMS Norfolk, ambos al mando del Contraalmirante Frederic Wake-Walker, patrullan el estrecho con una ventisca acercándose del Noreste. Un vigía a bordo del Suffolk ve a dos enormes barcos saliendo de la ventisca. Al inicio cree que son británicos, parte de la Flota Nacional en ruta de Islandia. Una vez que se acercan más, el alma se le cae a los pies, llevan la bandera alemana, son Bismarck y Prinz Eugen, y a menos de quince kilómetros, el pequeño Suffolk está perfectamente dentro de rango de estas bestias.
El vigía da la alarma, los oficiales dejan su cena a medio terminar, Wake-Walker ordena un giro brusco y el Suffolk acelera al cubierto de la niebla. Durante ocho angustiosos minutos, la tripulación mira al horizonte, esperando ver los destellos de las torretas que abren fuego.
Para su alivio, los alemanes se alejan sin disparar. El Suffolk se reorienta y se mantiene a una distancia prudente de los barcos, utilizando su mejor recurso: un arreglo de sensores. Los cañones de ocho pulgadas del Suffolk serían para el Bismarck como la picadura de un mosquito, pero este sensor le permite al Suffolk conocer la posición del Bismarck y retransmitirlo a la Flota Nacional.
***
— Nos sigue un crucero inglés, señor. Se mantiene al Noreste de nuestra posición alrededor de veinte kilómetros.
— Gracias, oficial — responde Lindemann secamente. Sus ojos serenos pasan al siguiente operador de radar. Al ver su pantalla, Lindemann anticipa en segundos la noticia que va a recibir.
— Un segundo crucero viene hacia nosotros a treinta nudos desde el Sureste.
Lindemann no muestra emoción al dar la orden. Por su tranquilidad, bien podría haber preguntado sobre el clima. Mira a Adalbert Schneider, primer artillero del Bismarck y le habla en un tono decidido, pero sin emoción.
— Fuego las torretas frontales.
***
A bordo del Norfolk, la tripulación sale de un banco de niebla para toparse de frente con un gigante de acero. Están a menos de doce kilómetros, y el Bismarck se acerca. El capitán da la orden de giro evasivo cuando un rugido hiere la tormenta, los disparos atraviesan el cielo, uno de ellos impacta a solo quince metros de la nave, levantando una enorme columna de agua y con las astillas de metralla dejando innumerables marcas en el casco.
Norfolk completa el giro y despliega una cortina de humo para cubrir su retirada. Se una a Suffolk a una distancia segura y retransmiten la posición de la flotilla a Tovey en el George V.
***
A las 21:00 horas del 23 de mayo, Holland recibe la posición del Bismarck y el Prinz Eugen. Inmediatamente salen rumbo del estrecho de Dinamarca. La ventisca ha degenerado en una violenta tormenta, las ráfagas de viento arrastran copos de nieve y las olas amenazan con hundir a los destructores que escoltan al Hood y al Prince of Wales. Holland les ordena regresar, no hay mucho que los destructores, navíos enfocados mayormente a destruir submarinos, puedan hacer contra el Bismarck y el Prinz Eugen de cualquier manera.
Holland tiene razones para sentir confianza cuando alcanzace a los alemanes la mañana del 24 de mayo. El Prince of Wales es el más nuevo y avanzado barco de guerra de la Marina Real, y el Hood es una leyenda de los mares.
El HMS Hood era un crucero de batalla construido en 1920 y durante los siguientes veinte años fue considerado un navío sin rival, el más avanzado y más poderoso barco de guerra en todo el mundo. Había servido un papel fundamental en la Batalla de Jutland en la Primer Guerra Mundial, y en el periodo entre guerras fue usada como símbolo del poder de Gran Bretaña. Apareció en revistas, recorrió el mundo llevando la bandera del Reino Unido, participó en el jubileo del Rey Jorge V y en misiones diplomáticas. Apodado The Mighty Hood, era el orgullo de la Marina Real, el adorado por todo el país, envidiado por el resto del mundo, el invencible Hood.
Y aquella mañana de mayo, el Hood navegaba hacia su destrucción.