El Asedio de Lorena
Era de noche, la lluvia caía pesada con los relámpagos hendiendo la oscuridad.
El ejército invasor se aproximó a los límites de Lorena, la rodeo en la penumbra, ocultaba sus movimientos con el ruido de la lluvia. Comenzó a tentar las defensas, una volea de flechas aquí, un golpe de ariete allá. Los defensores de Lorena respondían, desorganizados, temerosos, sin entender muy bien lo que sucedía.
Los defensores daban ordenes, pero eran confusas, imprecisas. Chapoteaban en angostos callejones al moverse de un lugar a otro, resbalaban en las húmedas empedradas. Se asomaban sobre las almenas y el invasor se cernía como el titan Typhon de la mitología.
El corazón colectivo de la ciudad latía erráticamente, pero el pulso se aceleraba, ahora los invasores cruzaban el río, colocaban escaleras, ceñían las almenas de forma rápida, sorpresiva.
En la oscuridad corría el sudor, la sangre y las lágrimas, los gritos se confundían y mezclaban, invasores caían, defensores desfallecían, el duelo se inclinaba ya a un lado, ya al otro.
El invasor se abrió camino a la yugular de la ciudad, la plaza principal. Los defensores serpenteaban y como pudieron llegaron a ponerles un alto, entonces una de las almenas fue asaltada, los invasores la envolvieron con su mano de hierro frío, y toda Lorena se estremeció.
Confundidos, asustados, desubicados, recibieron la alarma de que el ariete atacaba la puerta principal.
Un impacto.
Un destacamento corrió frenéticamente a la puerta.
Dos impactos.
Fueron flanqueados por invasores bajando de las almenas.
Tres impactos.
El aliento de vida en el frío de la noche se mezclaba entre invasores y defensores.
Cuatro impactos.
Las puertas cedían, la vía chorreante por la lluvia se iluminaba con las estrellas.
Cinco impactos.
Subía la fiebre, Lorena parecía rendirse, parecía ceder. Los defensores comenzaban a tirar las armas.
Seis impactos.
Lorena se llenaba de sus invasores, se mezclaban las sombras de unos y otros en una cadencia salvaje.
Siete impactos.
Las puertas cedieron, se abrieron de par en par. El invasor llegó hasta el corazón de Lorena, y así Lorena se rindió.
Fin.
Nota del autor: a quien me diga de que estoy hablando en verdad, le debo un trago.