Tlacaelél

Publicado en por El Jaguar Rojo

Saludos:

Toda obra de la humanidad, independientemente de que haya contado con la colaboración de varias personas, lleva la distinguible firma de quien fue el principal partícipe del proyecto.

El duomo de la catedral de Florencia, aunque se requirió el esfuerzo de cientos de personas, debe su magnificencia al arquitecto italiano Filippo Brunelleschi. El primer gran imperio de auténtica importancia mundial, el Imperio Persa, es el legado de Ciro II, o Ciro el Grande, la primer persona en ser reconocida con dicho título.

Así como estas personas han dejado su huella en la historia, también en México existió en otros tiempos un hombre que al igual que Ciro, que Alejandro Magno, que Saladino, tuvo una visión más allá del presente, una ambición de grandeza y una voluntad que mueve montañas. Su nombre era Tlacaelél.

Antonio Velasco Piña, en su novela ‘Tlacaelél, Azteca entre los Aztecas’ una versión relativamente atinada de la vida de Tlacaelél, sin embargo, siendo honestos, peca de idolatrar a Tlacaelél al grado de que solo le falta ser católico para ser santo.

Lo que si es cierto es que Tlacaelél fue el verdadero gran arquitecto del Imperio Mexica. Fue gracias a su ingenio que los mexicas pasaron de simples vasallos, poco más que esclavos, del Señorío de Azcapotzalco a la cultura dominante del Valle de México.

Tlacaelél nunca fue tlatoani, el título mexica equivalente a ‘Rey’ o ‘Emperador’, pero fue el consejero del primer Motecuzoma, de Axayácatl, y de Tizoc. Era la mente de Tlacaelél la que guió la espada guerrera de los mexicas a derrotar a enemigo tras enemigo y subyugar pueblo tras pueblo.  Ninguna decisión en el imperio se tomaba sin su consentimiento y era para su pueblo un símbolo de respeto y admiración.

Pero, ¿cuándo y cómo inicia la carrera del más ejemplar de los aztecas?

Tlacaelél pertenecía a la familia real de los mexicas. Era hermano de Motecuzoma Ilhuicamina, y era hijo del gobernador en turno: Chimalpopoca. Era aproximadamente el año 1426, y los mexicas eran uno de los tantos pueblos sobre cuyos hombros pesaba la carga de la dominación tecpaneca del Señorío de Azcapotzalco y su gobernante, Maxtla. Por aquellos tiempos, los habitantes de Texcoco y los propios mexicas ya estaban dando señales de revelarse contra Azcapotzalco, Maxtla, para callar las  voces de rebelión asesino al caudillo más visible, Chimalpopoca. Entonces, Motecuzoma y Tlacaelel decidieron que ya era demasiado. Ascendió al trono mexica Itzcoatl, quien junto con Tlacaelel y Motecuzoma establecieron alianzas con los demás pueblos de la región de los lagos, incluyendo a los texcocanos y su rey en el exilio, Nezahualcoyotl.

Se formó entonces un gran ejército, con Itzcóatl, Motecuzoma, Tlacaelél y Nezahualcóyotl al frente, en un acto de abierto desafío, el ejército rebelde marchó directamente sobre Azcapotzalco. Tanto Motecuzoma como Tlacaelél dieron muestra de gran talento táctico, ya que el ejército tecpaneca era más experimentado y más numeroso. Pero finalmente, aproximadamente en el año 1428, Azcapotzalco cayó.

Tras la derrota tecpaneca, Motecuzoma fue entronizado Tlatoani de los mexicas (confieso que desconozco si Itzcóatl murió en batalla o poco después), y Nezahualcóyotl ocupó por fin el trono de Texcoco. Tlacaelél, por su parte, fue nombrado el Cihuacoátl, que literalmente significa ‘Mujer serpiente’, del reino. Como Cihuacoatl sus labores comprendían administrar el erario, aconsejar al Tlatoani y también tenía mando directo sobre unidades militares.

Entonces, Tlacaelél, desde detrás del trono, guió la mano de los tlatoanis a una conquista tras otra. De hecho, los ejércitos de Tenochtitlán no encontraron rival hasta que se toparon con los purépechas de Michoacán (por algo los michoacanos tienen fama de gallones), y esto ocurrió ya durante el reinado de Axayácatl, hijo de Motecuzoma.

Apegándonos a la evidencia histórica, hay que aclarar que Tlacaelél no era un cortesano dado a las intrigas que maliciosamente manipulara los hilos del imperio escondido detrás del trono, o que los gobernantes mexicas eran meros títeres de su voluntad (eso sería hasta que llegara Plutarco Elías Calles, para lo cual aun faltaba un buen rato). Pero era muy sabio, y era altamente apreciado no solo por el emperador (al fin y al cabo eran familiares) si no por el propio pueblo mexica.

Pero el impacto de Tlacaelél va más allá. El fue quien comenzó a fomentar el elevar a Huitzilopóchtli al escalafón más alto del panteón mexica, y no estaría entonces demasiado errado concluir que también tuviera une elevada posición sacerdotal. Por lo anterior, es altamente probable que también haya sido uno de los principales instigadores de las Guerras Floridas, si no es que se le ocurrieron a el.

Y todo esto lo logró, al menos por los testimonios que se conservan, manteniendo una auténtica imagen como hombre cabal, justo y sabio. Aunque era temido y respetado por su propio pueblo, nunca fue visto como un tirano o un siniestro manipulador.

También hay que aclarar que no era ninguna pera en dulce. Tlacaelél cometió lo que podría calificarse de un horrible crimen contra la historia al ordenar la destrucción de los libros donde el pueblo mexica apareciese como débil y ordenó se escribieran nuevos libros tomando en cuenta el entonces glorioso presente de su pueblo. Otras fuentes indican que también fue promotor de leyes que pueden considerarse de segregación social, al prohibir que las gentes de clase media y baja utilizarán adornos de oro.

Su influencia era tal que incluso se decía que era el quien elegía al nuevo gobernante. Tlacaelél pasó a mejor vida entre los últimos días de Tizoc y el comienzo del reinado del hermano de éste, Ahuitzótl. Según mi humilde opinión, Ahuitzótl era el gobernante que más tenía en común con el primer Motecuzoma, era un gran guerrero, feroz, decidido, inteligente. Es tentador imaginar hasta donde hubiera llegado el imperio si el intelecto de Tlacaelél hubiera estado allí para aconsejar al ‘Monstruo de Agua’.

Algunos historiadores, y algunos aficionados como yo, coincidimos en que la historia de la conquista de México hubiera sido distinta si al morir Ahuitzotl le hubiera heredado, como el deseaba, su hijo Cuauhtémoc. Éste no era el mismo cobarde supersticioso que Motecuzoma Xocoyotzin, y sin duda, al ver que los españoles presentaban una amenaza, se hubiera encargado de ellos.

Lo mismo, o más, se puede suponer si el gran Tlacaelél hubiera estado vivo entonces. Definitivamente la historia seria otra.

Pero de poco vale fantasear en este respecto, así que simplemente terminaré con la extrañeza de que el hombre que forjó el impero esté ausente de la mayoría de los libros de historia. ¿Será que Tlacaelél, teniendo el poder de reformar los libros de historia, decidió desaparecer su propio nombre de los registros? ¿Qué pensaría el gran Tlacaelél, “Azteca entre los Aztecas”, del México de hoy?

Imposible saberlo.

Simplemente espero que les haya gustado este pequeño post, y que para los que nunca habían oído el nombre de Tlacaelél, lo lleven en su corazón y su pensamiento. Que el recuerdo del gran azteca les consuele en sus momentos de dolor y miedo, y que los guíe y aconsejo como antaño lo hizo con sus ancestros. Y no se desesperen ante la adversidad, porque Tlacaelél es prueba de que una voluntad poderosa y un corazón dedicado es lo único que realmente se necesita para llegar lejos.

El Jaguar.

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Etiquetado en Historia

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