La Ciudad de Papel
Que extraño, que desconcertante debe ser el despertar enmedio de ruidos agitados, con la boca seca, con jaqueca y la falta de memoria de los eventos pasados. Suena como una resaca cualquiera. Pero para Lauro Vértiz, tales son las impresiones de su nacimiento.
Lauro nació a la edad de treinta y siete años, según sus propios cálculos. Su madre fue Chabela, el afectuoso nombre con que Mario, el operador, bautizó a la grúa que removió los escombros que mantenían a Lauro prisionero. Su padre: un panadero llamado Ramón que andaba en ese momento como rescatista voluntario. Sus hermanos fueron media docena más de individuos que estaban atrapados en la misma estructura colapsada. A dos los sacaron ya muertos. Por madrina, Lauro tuvo a la enfermera que le vendó las heridas y le entablilló el brazo izquierdo; Lauro nunca supo su nombre. Su bautizo: Amor y Güayno en la radio de la enfermera de guardia en una abarrotada aula de escuela primaria adaptada como hospital provisional; no habían quitado el pizarrón. De milagro no se cayó, pensó Lauro.
De milagro está usted entero, le dijo Rafael Medina, el médico que llegó a verlo después. A Lauro no le causó buena impresión. Un hombre alto, afeitado al raz y con las uñas limpias, que se movía con facilidad, por no decir indiferencia, entre los varios cuerpos que llenaban el recinto. Jadeaban, maldecían, oraban, lloraban o como Lauro, miraban absortos al tragaluz de fibra de vidrio. Rafael leía el diagnóstico de cada persona: costillas rotas, contuciones, gangrena, pulmón perforado, pulgar fracturado, éste ya está bien... Parecía recitar la lista de compras a una esposa malquerida.
¿Cuál es su nombre? El Doctor Medina preguntó sin mirarlo. Lauro. ¿Lauro qué? Entonces lo miró por sobre sus gafas cuadradas. No recuerdo. El mismo par de palabras salió de la boca de Lauro cuando le preguntó que edad tenía, donde trabajaba o si tenía familia.
Nadie le dijo del temblor hasta que se enteró por la radio tres días después. De la misma forma se enteró de la fecha, pero tardó otros cinco días en saber en que ciudad y en que país estaba, porque el noticiero solo decía "la capital" y "la república".
Los primeros días, el personal médico y otros pacientes trataron de ayudarlo. Pero no había punto de partida. Los médicos no tenían contacto con el grupo rescatista, así que no sabían de donde lo sacaron. Tenía puesta una sencilla muda de ropa blanca; la que portaba cuando lo rescataron había desaparecido con cualquier identificación que llevara en ella.
Salvo por la amnesia, sus heridas eran mínimas: el brazo se compuso en dos semanas, y por lo demás, raspones y cortadas que no representaron mayor problema. Sin embargo, la amnesia fue motivo suficiente para no permitirle salir de la escuela vuelta hospital. Sano, se dedicó a ayudar a los médicos a atender a los heridos o a disponer de los fallecidos. Cambiaba vendas, repartía víveres, tomaba temperaturas, cargaba a los muertos. Su único contacto con el mundo exterior era el radio de la enfermera Josefina y un letrero de vialidad, el único visible por sobre los muros de la escuela, que indicaba que la avenida Vértiz estaba hacia el norte y la vía Independencia al oriente.
Josefina le consiguió un catre para dormir en la garita, le trajo unas mudas de ropa que dijo habían sido de su hermano. Josefina León tenía cuarenta y tres años, era dos veces divorciada y hasta antes del temblor, había vivido con sus padres y hermano en una casa del centro de la capital. Sus padres y hermano habían ido a visitar a unos parientes, lo que los salvó del temblor. La casa no había salido muy bien librada, así que todos se quedaban en un albergue, menos Josefina que se quedaba en la escuela/hospital, salvo unas horas los domingos que iba a ver a su familia.
Con el tiempo apareció un empleado gubernamental, el licenciado David Terrazas, quien hizo a Lauro las mismas preguntas que el doctor Medina. Lauro dió las mismas respuestas. Quince días después llegó la notificación de que el gobierno no podía ayudarle porque, además de la situación de crisis provocada por el temblor, Lauro no aparecía en registros oficiales, por lo que no podía demostrar ser ciudadano. Josefina tuvo que explicarle a Lauro lo que era la ciudadanía legal.
Lauro y Josefina hablaban seguido, y aunque Lauro agradecía la compañía, no podía quitarse la impresión de que Josefina hablaba con el solo para sacar cosas de su pecho, lo mismo que si hablara con el radio. Josefina conectó a Lauro con un amigo suyo, un periodista llamado Gerardo Escobedo, con cuya ayuda planeaban desenterrar el pasado de Lauro.
Después de tres semanas de andar investigando, Gerardo llegó con las noticias de que no había localizado razón alguna de Lauro. Sin contacto con los rescatistas, no pudieron determinar de donde lo habían sacado, lo que podría haber revelado su ocupación. Su nombre y descripción no aparecían en el registro del servicio militar o el registro de oficios y profesiones. Ni el fisco ni el sistema judicial tenían referencia de él. No había indicios de Lauro en los usuarios del seguro de salud públicos ni en la lista de personas desaparecidas. Lo más probable era que todo cuanto lo que ligara a Lauro con el mundo se hubiera ido con el temblor. Eres como un barco al cual le soltaron las amarras y se lo llevó la corriente, dijo en una ocasión Josefina.
Esa noche Lauro sufrió insomnio por primera vez en su vida, que el recordara. Se preguntó entonces que se suponía que tenía que hacer. No lloraba por familiares o amigos muertos porque no recordaba a ninguno. No se lamentaba por riquezas perdidas o bienes destruidos. No celebrebaba a rivales arruinados ni persecuciones terminadas.
¿Quién era él realmente? El gobierno decía que no existía porque no aparecía en los registros. ¿Existían los demás por el simple hecho de que su foto acompañaba a su nombre en un papel con un sello oficial? Se estremeció al pensar que el mundo reconocía la existencia de Rafael Medina, que desempeñaba su labor de médico con indiferencia inhumana y sin muestras de compasión.
Josefina León también existía, con todo y que la melancolía de sus matrimonios fallidos y la preocupación por la salud de sus padres le hubieran carcomido la alegría. Vivía atrapada en la rutina, como el pérdido en una cueva, que se aferra a una esquina de luz, aunque eso signifique permanecer atrapada, por miedo a caer en un abismo en la oscuridad.
Rafael Medina existía en un papel, pero su trato era frío como el tacto del papel. Josefina León existía en un papel, y su alma era descolorida y arrugada como el papel viejo. Lauro no existía en papel, pero deseaba con toda su alma construir una vida. Era prisionero de una ciudad de papel, con muros caquí, con guardias de cartón. ¿Qué era entonces Lauro para ser prisionero del papel? ¿Una llama, una polilla, unas tijeras?
Lauro Vértiz era como un barco al que se le habían soltado las amarras y se alejó del puerto. Pero, ¿era esto la deseperanza absoluta o la libertad absoluta?