La ciudad donde llueve siempre
Recuerdo un día cuando mi padre me llevó a visitar un rastro. Recuerdo el angosto pasillo por donde avanzan en fila singular los animales al matadero. Recuerdo los llantos que profieren horas antes de morir. Es como si la naturaleza les hubiera conferido, a través de años y años de crianza, el instinto de saber cuando se acerca el final.
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Últimamente llueve todos los días. En aquella ocasión también llovía. Era de noche, había sido el día más largo de mi vida. Desde la mañana no pude concentrarme en nada, pasé el día con un temblor por todo el cuerpo y la piel crispada.
Al salir de la oficina corrí, no quería llegar tarde, no quería hacerla esperar. ¿Por qué? Dado que ya sabía lo que iba a decirme, era como correr hacia la metralla. ¿Quería terminar las horas de angustia? ¿Creía que podría haber cambiado de opinión? ¿Quería estrellarme, hacerme mil pedazos y no saber nada más?
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Si busco hipocresía en el diccionario saldrá una imagen de aquel último viaje: hablando de tonterías, cualquier tema casual; sintiéndo un nudo en la garganta y la electricidad recorriendome las venas.
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El recorrido de una acera a la otra es bastante corto. Lo he caminado muchas veces para ahorrarme tiempo y dinero. Esta vez, quisiera que el concreto me tragara los pies y no me dejara avanzar. Porque sé lo que hay al final del pasillo.
Y aun así, como el ganado, marcho. Lentamente, como ellos; pero en silencio. Por dentro grito, me deshago en llanto y tengo ganas de salir corriendo. Pero camino junto a ella, contra el viento; hasta él me dice que me detenga.
La lluvia cae de lado con esas gotas finas como agujas y no me deja mirarla: tal vez no deba.
Igual que el ganado, llego al final del pasillo, a la cuchilla. La mía es su voz, con el mismo frío del acero, cuando me dice adiós.
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Respecto del dolor que vivimos, un sabio dijo que que lo insoportable mataba, si vivías, es que era tolerable. Y aqui estoy, soportándolo. Pero, ¿Acaso no he muerto ya un poco? Todos los días morimos un poco más, pero hay eventos que nos arrancan un trozo más grande de vida que el simple pasar de los días.
Al igual que el ganado, he caminado esa acera varias veces, y siempre llego a la cuchilla. Al igual que ellos, ya conozco esa sensación: desde que entro al pasillo ya sé lo que me espera al final. Pero a diferencia de ellos, yo sigo aquí; he soportado la caída de la hoja. Pero soy débil y no puedo evitar ese nudo en la garganta cuando me pregunto: ¿cuándo será que volveré a caminar bajo la lluvia, contra el viento, hacia ese frío adiós?