Cuentos que se vuelven cuentos
Cerca de la casa de la familia, vivía el coronel Francisco Cárdenas, un militar retirado de buen corazón pero mal genio. Tenía un hijo que le gustaba pintar aunque el padre quería para él una vida de militar.
El joven estaba enamorado de una muchacha del pueblo que vendía flores en el kiosco todos los días. Ignacio, así se llamaba el joven, iba cada martes y jueves a dejarle una canastita con frutas: naranjas, manzanas, o la que estuviera en temporada.
Pero Ignacio tenía un rival, Mauricio el caballerango, que le regalaba a la misma joven collares y pulseras de conchas y ónice.
Ignacio y Mauricio se encontraron un día en el Puente de la Concordia, y hablaron sabrá Dios de que, por dos horas estuvieron parados bajo el sol y al final se despidieron sin hacer alharaca pero sin estrecharse las manos.
Mauricio amaneció muerto a la semana, con un disparo de fusil en el pecho.
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El viejo Jacinto vivía cerca de la hacienda del coronel Francisco Cárdenas, de quien se decía que era un hombre de pocas palabras y menos amigos. Disparaba primero y preguntaba después: "En lo que acaban, quítense de enmedio" dicen que decía.
El coronel tenía un hijo poeta, y el padre lo maltrataba constantemente, pues decía que el muchacho debía aprender a hacerse hombrecito y dejarle las tintas y los papeles a los maricones que no pueden con el peso de su propia espada.
Ignacio, el hijo del coronel, era rival de amores del capataz Mauricio, que trabajaba en una hacienda al otro lado del pueblo. Pero menudo rival, tímido y paliducho, poca competencia era para Mauricio, que hacía gala de su habilidad con el caballo y la pistola.
En una de esas, el coronel se cansó de que un capataz pusiera en vergüenza al hijo, así que agarró su viejo fusil y espero un día a Mauricio que todos los días pasaba por el Puente de la Concordia. Un tiro le basto al viejo militar para dejar muerto al capataz.
Unas semanas después, Ignacio se casó con la mujer que vendía flores en el mercado, quien era la pretendida de ambos hombres.
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Cuentan que rumbo del puerto está el pueblo de Santa María la Asunción, y que en ese terruño olvidado de Dios, lleno de polvo y coyotes, nació y se crió el escultor Ignacio Cárdenas.
Era hijo de un viejo militar, pero el padre comprendió la vocación artística del hijo desde temprana edad, y lo dejó ser lo que fuera su voluntad.
Entre sus correrías, Ignacio le hacía la ronda a una muchacha del pueblo. Teresa Palancares, que vendía fruta en el mercado de los domingos.
El problema era que a Teresa le hacía la ronda Mauricio, un muchacho bragado pero mañoso que le cuidaba el ganado al terrateniente local.
Un buen día, en el Puente de la Concordia, Ignacio y Mauricio se plantaron cara, llegaron a los golpes y tuvo que intervenir la policía para frenarlos o acababan con todo el barrio de los orfebres.
Dicen que al tal Mauricio lo mataron al poco tiempo, se puso gallo con un borracho por unos albures y cuentan que el borracho lo mato por la espalda un día que lo agarró distraído.
Bien dicen que el valiente vive hasta que el cobarde quiere.
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A pesar de su apretada agenda, la escritora Teresa Palancares siempre se dió tiempo para ir cada dos de noviembre a su pueblo natal a dejar un ramo de flores sobre una tumba solitaria marcada únicamente con el nombre "Mauricio".