Desconversión parte II

Publicado en por El Jaguar Rojo

El recuerdo más viejo que tengo de escuchar la palabra "ateo" es en la película mexicana "A toda máquina". Un cómico intercambio en el que después de discutir sobre no recuerdo que tema, el personaje de Pedro Infante se despide con un "vaya con Dios, señor", y Luis Aguilar le responde, malencarado "¡Vaya al diablo!", Pedro lo mira de arriba a abajo y con desprecio musita: "ateo".

 

En aquel momento creí que un ateo era:

 

1. Adorador del diablo, o

2. Una persona muy grosera o muy desagradecida.

 

En otra ocasión, leí la palabra en el libro de RIUS "La Panza es Primero". El intercambio involucraba a un profesor que abogaba por el naturismo alimenticio, mientras que otro ciudadano apoyaba la comida mexicana típica que estaba siendo criticada en el libro como llena de grasas, azucares, carbohidratos y picante:

 

"¡Usted como es ateo y rojillo nomás calumnia lo nuestro porque es mexicano!"

 

Para entonces tampoco me había interesado en tomar un diccionario y ver que significaba "ateo". Por el contexto, asumí que tendría algo que ver con ser de ideología política de izquierda.

 

Como a la mayoría de los niños mexicanos, fuí cridado católico. Debo admitir que mis padres fueron bastante liberales en su práctica del catolicismo, y nunca me presionaron hacia la religión en forma alguna. Cumplí con todos los sacramentos hasta la Primera Comunión, que tomé ya un tanto mayor, alrededor de 13 años si no mal recuerdo. De niño, la existencia de Dios y la verdad de mi religión era algo que uno daba por sentado, podía uno cuestionarse todo lo demás pero eso no estaba a discusión.

 

Mi primer experiencia negativa con la religión ocurrió en la escuela. Era un lunes, eran las ocho de la mañana, y como todos los lunes a las ocho en mi escuela primaria, hacíamos homenaje a la bandera. De repente, llamó mi atención algún ruido en la parte trasera de la formación, volteé con curiosidad y ví a mi compañero con sus manos cruzadas tras la espalda mientras yo tenía la mano sobre el corazón haciendo el saludo a la bandera (aunque debo admitir que al mirar hacia atrás, estaba faltandole el respeto a la misma). Le pregunté por qué no saludaba a la bandera: "Mi religión no me lo permite," contestó. Extrañado, volteé de nuevo hacia el frente. En aquel entonces no me había preguntado si había otras religiones, y no me explicaba que podría cualquiera tener en contra de rendir respeto a un símbolo que representa a todos los mexicanos, independientemente de otras diferencias.

 

Si bien esa es la mala experiencia con la religión mas antigua que tengo, no fue las más fuerte. Simplemente nunca estuve de acuerdo con la doctrina del pecado original. Simplemente no hay forma en que alguien sea culpable por algo que no hizo. Es como culpar a un bebé recien nacido por el Holocausto y la Segunda Guerra Mundial solo porque nació en Alemania. Los pecados del padre no son los pecados del hijo, cada quien es responsable de lo que hace. En fin, esta noción del pecado original nunca me sentó bien y nunca la consideré válida, pero las cosas empeoraron cuando nació mi hermano pequeño. Yo tenía nueve años, y al verlo tan pequeño, tan frágil e inocente simplemente no podía concebir que fuera un pecador, que hubiera cometido algún mal, pero eso me enseñaba mi fe.

 

Mas tarde empezé a enterarme de cosas que no me gustaron: la inquisición, las cruzadas, el maltrato y conversión forzosa de los indígenas americanos al catolicismo y más tarde, los excesos y abusos cometidos por hombres de sotana. Seré el primero en admitir que lo anterior no tenía influencia en mis creencias principales: los hombres eran malos y corruptos, pero eso no significaba que Dios no existiera o que la religión fuese falsa. Por otro lado, esto debilitó mi fe en la iglesia al grado de que en la misa, al rezar el credo, cuando llegabamos a la parte de "creo en la Iglesia, que es una, santa, católica y apostólica... " me la saltaba a propósito.

 

Tenía yo quince años cuando todavía rezaba todas las noches. Nunca escuché la voz de nadie contestando mis oraciones, pero en mi mente veía a Jesús que me sonreía y me daba una palmada en la espalda cuando me sentía turbado. Creía firmemente en Dios, creía en la Biblia, pero no creía en la Iglesia. No sabía que estaba dando los primeros pasos de mi Desconversión.

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